El camino de la tarde

Te veo, a lo lejos, en el camino

que se entreteje entre las sierras.

Eres un punto en la lejanía,

parte de la senda

que se mueve cual espejismo.

El calor desdibuja tu figura;

pareces un bote

borneando sobre el camino,

en medio de la nada apacible.

Rodeado de mis latidos, los escucho.

Basta verte y eres un reloj de arena

que cae contando el tiempo.

El cielo y la tierra te custodian.

¡Qué maravilla!

Te amo.

Veo pájaros en vuelo;

son pequeñas tintas entre las nubes.

Desde lo alto me descubren,

inmóvil, esperándote.

Mi corazón perdido.

Esta espera,

como quien aguarda el alba,

transforma todo

en una ceremonia.

La tierra roja reposa

como una bella alfombra.

Los bordes del camino,

guiados por los pastizales,

parecen adornos nupciales,

la senda hacia el altar.

Mis latidos golpean mi espalda

cual aldaba.

Las chicharras hacen sonar sus timbales;

los grillos, las cuerdas.

Las hormigas,

los invitados, los parientes.

Mi pulso retumba en mis sienes,

y la lagartija verde y negra

es la jueza de paz.

Tú, más cerca.

Ya distingo tu sombra.

Mis labios púrpura florecen.

Hete aquí.

Ya nomás.

Siento que llego

al final de mi vida

y muero de amor.

Ya estás a mi lado.

Mis latidos claman

lo que tu beso calla.

Me tocas.

Tiemblo.

Nunca había temblado.

Muero por esto.

Pido que el tiempo se detenga,

porque quiero sentirlo

una vez más.

Siempre siento

que muero

de amor por ti.

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