Es por eso
que el día no despierta.
Nunca he podido hablarle a su tiempo,
ni explicarle lo que siento por ti
de mis días y mis noches.
Siempre, fijo y estático, me mira.
A veces, inclinados los dos,
le explico y le susurro.
Le muestro este papel —nuestra foto—
y al verla, sonríe.
Solo eso:
le cuento de esta tarde
y de las sábanas revueltas.
Entonces entiende.
Le revelo mi amor, nuestro amor,
y que me dijiste que sí
en cada jornada y su sombra.
Pensativo se quedó,
asintió
y se marchó.
Vi una lágrima correr por su rostro.
