Era la tarde,
y caía el sol
como lágrimas de sangre
del día que muere.
Nacías tú, brillo de plata,
audaz de amor correspondido.
Sola y hermosa surcabas el cielo,
te abrazabas a mi ilusión,
y nos íbamos a un cielo perdido,
negro de luces
y lleno de ti,
donde los sueños jamás duermen.
