Acostumbrarse al amor
es pasajero e infiel.
Es como el barro, inmoral,
que te cubre con inconsolable deseo de ti.
Anhelo de volver a ti
con un silencio estruendoso
que de golpes ausentes
queda con el dolor de la paz,
y la tranquilidad de la guerra.
Insolente el pudor de las sábanas
invadidas de árboles gratinados
y el dulzor de la tierra.
El poder de los sonidos
ha de perturbar las flores
de dolores absolutos
por cielos rotos
de vidrios de luz azul.
En tu cuarto,
en esa bóveda imaginaria
de amores, hay dos puertas,
el infierno y el cielo,
donde la muerte agazapada
suma traiciones
y el agua espera bendiciones.
Todos tenemos rótulos,
abrigamos las entrañas,
poseemos una siniestra dulzura
o un corazón abatido.
Quebramos en lágrimas.
Somos perros sabios,
pero más que todo,
nos gusta, nos deleitamos
con disfrutar los mañanas.
