Huerto de ruinas o la tierra que recuerda

Aguas turbias de llanto se revuelcan,

caen y recorren por años

los caminos del tiempo antiguo,

con los dolores de hoy

y los vestidos ajados del pasado.

La tierra, con sed, bebe exhausta.

Semillas secretas llueven

y encienden el verde.

El viento sopla

aires cargados de polen

que recorren los campos.

Pero las abejas ya no vuelven,

y las mariposas, de alas rotas,

ligeras de polvo,

caen sin dar primavera.

Niños gigantes, deformes,

juegan al huerto:

pisan la tierra, la laceran,

pisan los días, los borran,

como guerras de fuego

que arrasan todo,

desbordadas de odio endémico.

Lloran las piedras,

pierden la última humedad:

las inmutables, las eternas,

las antiguas guardianas de la vida,

de todos los relatos,

de todos los niños,

de cuentos nacidos primero

entre risas y trabajo

y lágrimas de angustia.

Y tú, rodeada de verdes, flores y frutos,

de árboles añejos, fosilizados,

y rumores de un mañana,

quizá sólo ruidos,

donde alguna vez corrieron,

abriendo brechas, sendas y caminos,

tus niños.

Y ellos,

hoy mueren sin nombre

bajo nubes cerradas de lluvia, bruscas,

tacañas de pan,

de futuro

y de esperanza.

Crujen los escombros.

Las alimañas

aprenden a vivir entre ellos.

Tú observas, vencedora

de nada,

más que de muerte.

Y tú, tan tipo,

tan erguido en la forma,

tan poco hombre.

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