He visto pasar a la Muerte,
envuelta en un misticismo inquietante.
Feliz con su atuendo,
su andar y su destreza.
Se la veía encantada consigo misma.
Se ocultaba entre las sombras.
Tímida y audaz, se acercó:
quería conversar sobre su soledad.
Se sentó junto al fuego
dibujado en el corazón del bosque.
Reía con frecuencia,
contando chistes
con un dejo de humanidad.
“Sombras: mis parientes lejanos”, decía,
y reía aún más de sí misma.
La charla se extendió por horas,
hasta el amanecer.
Antes de partir,
se despidió con gratitud.
Sentí el frío de su saludo,
pero era tan inocente como todo lo demás.
Solo fue una extraña visita.
